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Saúl Hernández ha sido un personaje del rock en México durante 20 años, y no ha escapado a los altibajos naturales de la vida.Hoy, como lo demostró en el concierto de Jaguares en el Escénica, está en un punto elevado, no en las alturas demenciales de Caifanes pero sí en la etapa idónea para un veterano cuyas canciones ya son tan populares que unas 2 mil personas las pueden cantar al unísono. Y con boleto pagado de por medio. Reseña del concierto del sábado 31 de octubre en el Escénica.
Habrá muchos preguntando, pidiendo un reencuentro de Caifanes. Pero después de ver a Jaguares en acción, es fácil entender por qué a Saúl no le interesa demasiado: cuenta a su lado a Alfonso André y Diego Herrera, tiene un público numeroso, graba discos y siempre hay dos o tres canciones que salen por la radio… Y sobre todo, su música sigue produciendo en la gente el efecto que a un artista le interesa. Aunque la magia de Caifanes no está, de alguna manera para Hernández eso es detalle menor. Vocalmente, Saúl perdió potencia, lo sabemos. Pero ¿qué tan relevante es su disminución vocal, cuando sus fans lo secundan y se convierten en un orfeón que celebra cada tema, incluso los nuevos? Inolvidables las críticas de la revista La Mosca en la Pared, donde se burlaban diciendo algo así como que los conciertos de Jaguares eran karaokes. Sigue sucediendo: a veces el canto del público sepulta al de Saúl, y otras de plano él se aleja del micrófono y contempla el espectáculo. Y recuerdo que alguna vez, en entrevista, dijo: ¿crees que me preocupan (las críticas con mala leche)?
Saúl, en su etapa inicial como jaguar, mostró una piel muy delicada con cualquier señalamiento hacia su trabajo; los lugares comunes de su discurso, incluso las contradicciones que se podían (pueden) detectar en él; o la calidad musical, a veces contrastante, entre Caifanes y su banda actual… si hoy le preocupan o no esos apuntes, quién sabe. Él sigue adelante, y ahí está el público para recibirlo. En el concierto del sábado, Jaguares en realidad inició cuando era domingo, es decir justo pasando la medianoche. Antes, cuatro exponentes disímbolos del rock calentaron el ambiente. Las propuestas fueron del punk melódico (Buko) al indie en inglés (Sexy Marvin), y en medio la acometida de Fernando Martz (con un set que incluyó temas de su antigua banda, Zurdok) y la presentación de Desilvestre, argentino que ha tomado Monterrey como plataforma de despegue intercontinental (su disco al parecer saldrá antes en su país, pero la prioridad promocional es México). El público, un tanto desesperado, entró en comunión con los Jaguares desde el primer tema, “Alquimista”, proveniente de su más reciente álbum, 45. De ahí siguió un desfile que alternó algunas de las canciones más conocidas de Jaguares con una buena cantidad de temas caifanescos. Piezas como “Dime jaguar”, “Cuando la sangre galopa” y “Detrás de los cerros”, se enlazaban con clásicos como “Mátenme porque me muero”, “Nubes” o “Afuera”; por cierto que en las canciones de Caifanes, César “El Vampiro” cada vez retoma más partes de guitarra de Alejandro Marcovich, lo cual es de agradecerse, pues así los temas se apegan más a las versiones originales.
La empatía del público y la banda fue total, con diversión sobre y abajo del escenario (salvo para quienes no alcanzaban a ver, al fondo, en las localidades de 100 pesos). Arriba, Saúl sonreía y ‘jugaba’, incluso se permitió bromear con los acordes de “Highway to hell”, de AC/DC, y desplazarse en una actitud relajada que también mostraban André y Herrera. En total, el grupo completó 2 horas de actuación (se escucharon también “Entre tus jardines”, “La negra Tomasa”, “La célula que explota”, Viento”, “Te lo pido por favor” y “Miércoles de ceniza”, entre otras). Como un extra, Saúl y el bajista Marco Rentería tocaron “Quisiera ser alcohol” y “Antes de que nos olviden”; eran las 2:10 del domingo. Sigue habiendo una distancia abismal entre Caifanes y Jaguares, pero Saúl Hernández ya camina más allá de cualquiera de esas consideraciones.
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