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A las 11 y quince de la noche del sábado pasado, la chica que de ahora en adelante llamaré K escribía en su computadora la siguiente línea: “Fue cerca de las 12 que estos reyes pusieron punto final con ‘Use somebody’. ¿Y los súbditos? Totalmente rendidos”. Presionó el botón “Send” de su correo electrónico en Outlook Express en web y lo envió a los que creo serían editores del periódico El Norte, para que unas horas después apareciera la reseña del concierto de Kings of Leon en la portada de la sección Gente en su versión impresa. ¿Cómo sé esto? De adivinatorio hay poco en mi conocimiento: yo estaba ahí mientras ella reseñaba en su laptop el final de un concierto que aún no había acabado. Frente a las dos estaba el cuarteto familiar de Nashville, ya olvidados de su corte de cabello hippie pero manteniendo las botas y las camisas de cuadros, desenvolviendo la mitad del concierto así como el tecleo a mi lado fluía.
No he de esconder que verla escribir me provocaba cierta culpa: por una parte, por husmear en el trabajo de otros; por otro, por no concentrarme completamente en el concierto. Si nos quedamos con la segunda opción, pues, las dos seríamos culpables. No comparto esto por querer redimir el concierto. Kings of Leon, en su evento del sábado 24 de octubre en la Arena Monterrey, le sacó las entrañas a gritos a los miles de asistentes en golpes alternados de garage y hard-rock.
Sin embargo, su interpretación tenía muy poca frescura, como si siguieran instrucciones numeradas para tocar cada canción. En su vocalista, Caleb, se denotaba la presión de la banda así como él pedía tragos constantes, disculpándose por anticipado si jodían una o dos piezas por andar borrachos. No era para más, pues el peso del cuarteto dependía de una sola cosa: el carisma de una voz de atracción radiofónica y sabor rasposo-sureño. El resto de la banda se contenía, o bien se entregaba a los nervios, y sus habilidades se diluían entre las luces de uno de los últimos conciertos de su gira (y previo a un largo descanso, según comentaron). Había demasiados ángulos para malear, demasiado espacio desperdiciado sobre el escenario. Leía desde mi butaca que K hablaba de su música como un rock multifacético –comentario que no la armó para la versión impresa, por cierto– y pensé que no había mentira más grande que esa. Los últimos capítulos en la historia musical de la banda no los defendían mucho. El groove y las caderas de su primer álbum Youth and young manhood (2003) –que abanderaba el regreso del garage al plano comercial a principios de esta década– quedaban sustituidos por los coros hímnicos de canciones como “Knocked up” y “On call” de Because of the times (2007), así como por los crujidos new wave y los detalles electrónicos de “Sex on fire” de su último álbum, estilo un tanto oportunista si recordamos a sus compañeros de generación The Killers y tantito de los últimos trabajos de AFI (quienes también se subieron al mismo barco). No hay analogía más perfecta para la formulaica presentación de Kings of Leon en Monterrey que las líneas que tecleaba mi colega (al final yo también estaba ahí para escribir).
El concierto y la reseña eran inevitables –así abarcaba a miles de receptores la música de uno y las palabras de otra– pero sabían igual que todo lo demás. Podría decirse que abundaron los territorios seguros para hervir la sangre juvenil. Muchos de los requintos pecaban de ser extremadamente precisos y por ello un tanto insípidos, como sucedió con “Molly’s chambers”, interpretada en vibra stoner que atentaba directamente con el vaivén de las guitarras y los delirios setenteros de la versión de estudio. Los momentos más memorables del cuarteto no estuvieron ligados con el poder ni con la radiación de las guitarras, sino con su capacidad para crear atmósferas solitarias: los brotes de country para la silenciosa “Revelry” y la entrada de sintetizadores oníricos para “On call”. Particularmente la perfección vocal de Caleb dio una entrada impecable para esta canción y para los caprichosos arreglos de la sincopada “I want you”, con una melodía que crecía a una sola –pero suficiente– guitarra. Para entonces la curiosidad me estaba matando. ¿De dónde transcribía K con tanta certeza qué era lo que Kings of Leon iba a tocar? ¿Un tercer ojo? Me atreví a preguntarle si los organizadores habían compartido el setlist, como suele suceder en muchos conciertos, pero lo negó. Ella sólo presentía o confiaba en lo que sabía (o lo que había bajado de Internet): dónde iba a acabar todo, qué era lo que la gente quería escuchar al final del concierto. Al cuarto a las 12 de la noche del sábado 24 de octubre se cumplían los momentos que había anticipado (y evaluado), así se daba el cierre para el concierto: sonaba “Use somebody”, uno de los sencillos faltantes, y los súbditos se rendían ante ellos, inclusive la misma K, quien había apagado la computadora varias canciones antes y se abandonaba al baile. Antes de irme me hubiera gustado preguntarle a K si sabía si en los próximos conciertos sonarían “Red morning light” y “Wasted time”, dos éxitos tempranos en su carrera, o si de plano era algo que la fanaticada no debía esperar en el futuro inmediato. Lo que sí pude ver mientras me enfilaba para buscar un taxi era que un reportero de El Norte es más cercano a mí de lo que creía en un principio: como yo cuando la prepa, ese reportero también cree en los horóscopos. Lo malo es que (en alto espíritu coprofágico) también los escribe.
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